miércoles, octubre 06, 2010

quiero un ramo de flores, sin olor alguno, tan sólo de formas y colores distintos para ponerlas frente a mi cama y cada día, al despertar, mirarlas florecer hasta su muerte.



quiero un mundo de silencios, donde tan sólo quede la palabra ante la hoja en blanco y así podamos escondernos de lo no dicho y que a penas está por ser escrito.

miércoles, septiembre 29, 2010

La mujer del mercader del río: una carta de Ezra Pound


Cuando yo todavía llevaba el pelo cortado sobre la frente
jugaba en el portal delantero, recogiendo flores.
Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,
caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules
y seguimos viviendo en el pueblo de Chokan:
dos niños, sin aversión ni sospecha.

Con catorce años me casé con vos, mi señor.
Nunca me reía porque era tímida.
Bajaba la cabeza y miraba a la pared.
Aunque me llamaran mil veces, nunca volvía la cabeza.

Con quince años dejé de fruncir el ceño,
deseaba que mi polvo se mezclara con el tuyo
para siempre y para siempre y para siempre.
¿Para qué seguir vigilando?

Te fuiste cuando yo tenía dieciseis años,
te fuiste a la lejana Ku-to-yen, junto al río de los remolinos,
y has estado fuera cinco meses.
Los monos hacen un ruido muy triste por ahí arriba.
Cuando te fuiste arrastrabas los pies.
En el portal ahora ha crecido el musgo, musgos
distintos,
¡demasiado profundos para limpiarlos!
Los hojas caen pronto este otoño, por culpa del viento.
Las mariposas emparejadas ya amarillean en el agosto
sobre la hierba del jardín del oeste;
me duelen. Me hago vieja.
Si has de venir por los vados del río Kiang,
por favor, házmelo saber de antemano
y yo saldré a recibirte,
iré hasta Cho-fu-sa.
Por Rihaku


Versión de Javier Calvo

domingo, septiembre 26, 2010

las relaciones se establecen, se corrompen, se destruyen, se tuercen, se mortifican, se fortalecen, se alimentan, se multiplican, agonizan y mientras...la hoja del fresno cae sobre nuestros hombros.

miércoles, septiembre 22, 2010

Ante la incertidumbre, no queda más que cargar la Colt1911 guardada en el buró; para tan sólo tener por cierto que si, por la noche, alguien aparece y en los ojos la despedida, no me quedará más remedio que dispararle tres veces directo al corazón y observar cómo con toda seguridad ningún otro adiós será posible.
Como respuesta al azar se encuentran los argumentos lógicos, porque ante la idea de que la ruleta de las fatalidades obligue a ciertos individuos a encontrarse con un objetivo ulterior puede resultar aterrador a nuestra razón... porque el tan sólo concepto de destino nos obliga a vernos mínimos e insignificantes.

sábado, septiembre 11, 2010

Soluciones posibles

Estoy descocida frente al espejo en el que veo perder las entrañas de aserrín una a una. Es mejor colgarse del balcón, amarrar la soga al cuello y terminar de una vez por todas con este asunto llamado « vida ». O en un ejemplo de cobardía, tomar el tren hasta quién sabe dónde, dejando las maletas sin hacer, sin nada más que cien pesos en la bolsa.

Me inventaré un sueño, un sueño en el que yo sea una otra sin nombre, una olvidada de mí misma. En la que las hebras perdidas, la soga y el tren sean los únicos recuerdos tibios.

Seré otra hasta que la tela rasgada se reconstruya y ninguna otra palabra pueda romperla.

lunes, marzo 01, 2010

Durante la FIL de Minería


Cuando el "autolvido" nos alcanza


“Hablar de mi poesía / sería un autolvido apropiador, como decía Kirkegaard”

Gelman, “Notas al pie”, Líneas de fuga, un libro posible


Como siempre, en la ruleta de las fatalidades las personas que “voluntariamente” decidimos, sea desde temprano o un poco más avanzados los años cuando la demencia ya comienza a alcanzarnos, dedicarnos a algo relacionado con los libros, estamos destinados al “autolvido”. Será porque la ya mencionada demencia que nos llevó a escoger este oficio, termina convirtiéndose en un Alzheimer desdeñoso con el firme designio de olvidar nuestras propias vidas a favor del rescate de la memoria del otro, o mejor dicho, de los otros.

Pasamos meses planeando, corrigiendo, revisando, afinando, modificando y nos adentramos en un dédalo del cual no encontramos la salida, pero no tal vez porque desconozcamos el camino hacia ella, sino porque a veces pensamos que aún queda algún rincón inexplorado de ese laberinto llamado libro que valga la pena conocer y que pueda esconder misterios no develados y preferimos retardar el escape. Porque sabemos que los Minotauros y monstruos no están realmente dentro del universo literario, sino allá afuera en la vida cotidiana que nos espera al terminar, y que suspendimos por un momento. En esa vida que se resume en conducir el auto, ir al supermercado y cepillarse el cabello. En esa vida a veces es tan monstruosamente insípida si se compara con los relatos que encierra cada uno de los libros.

De ahí que no demos lucha alguna al Alzheimer, que lo dejemos apoderarse de nuestra memoria sin agotarla, en una insignificante batalla que irremediable y juiciosamente termina por perder, hasta el límite de obligarnos a olvidar nuestros nombres. Porque quién quiere llamarse “Juan López”, cuando puede ser, aunque sea por unas horas: Aben Tumart; Chaktur, el hojalatero; el estudiante del Lycée du Havre, Mehrdâd; Pedro I, el zar de Rusia; y vivir las aventuras de un delincuente del Maghreb con espíritus robinhoodianos mientras escucha al fondo el canto de los dakoïgue y recuerda que “los peces mueren con los ojos abiertos”.

Así, estas tres publicaciones que ahora presentamos: Líneas de fuga, un libro posible, Ciudad de México, ciudad solidaria, capital de asilos y el número 27 de la revista Líneas de fuga, reúnen porciones de muchos otros: de diversos mundos, diversos autores y diversas comunidades, para así preservar sus historias y admitir que el autolvidarse significa ante todo recordarse, alejarse del mundo concreto, mundano y abstraerse en esas historias de apariencia y de universos ajenos, pero que en realidad no son otras más que páginas de las nuestras. Ya que cada libro, funciona como una especie de álbum familiar. Un álbum en el que reaparecerán nuestros ancestros (imaginarios o reales), aquellos que nos ayudaron a conformar nuestra historia no solamente como individuos, sino también como colectividad.

Y finalmente cuando recibimos las cajas repletas de ejemplares de una nueva publicación que ayudamos a nacer y más aún cuando como lectores, abrimos la primera página de estos libros, sabemos que cada uno de los textos no habla sino de nuestros propios fantasmas que tal vez ya conocíamos, pero que no nos atrevíamos a mirar. Estaremos conscientes de que a pesar de haber pasado semanas de desvelos y de fechas límite que siempre parecen llegar antes, nuestra labor consiste en ser memoria, sí de los otros y de nosotros, memoria universal. En resumidas cuentas, nuestra labor como oficiantes del libro; y más importante aún, la de todos como lectores, consiste en preservar la Historia (con H mayúscula), que como bien se sabe, está conformada por relatos, y por lo tanto, de cierta forma de literatura. Porque como siempre, en la ruleta de las fatalidades las personas que “voluntariamente” que por decisión propia, olvidamos apagar la estufa, pagar el teléfono, cortarnos el cabello, sin darle lucha al Alzheimer, creemos (o al menos, a mí me gusta creer eso) que nuestro destino es perpetuar una porción o algunos restos del “ser humano”.

domingo, octubre 04, 2009

Fragmento de "Hoy sí es hora de la cena"



Son más de las ocho y el olor del caldo de res anuncia que faltan todavía dos horas para la cena. La mesa, espera desde las cinco, vestida con el mantel de agujeros bordados, con la gargantilla de platería opaca al cuello, [...]. Pero el carnicero no llega temprano desde el día en que un camión de redilas atropelló a su mujer saliendo del rastro. En las hornillas la cacerola desgastada inicia un bailoteo, muy suave, muy tímido. Midas hace su recorrido vespertino por toda la planta baja, camina por la sala con la cabeza escondida entre los hombros, gruñe cada vez que llega a la cocina, levanta mansa la mirada al pasar cerca del ventanal y se detiene firme, impasible, despierto, con el ánima desasida frente a la puerta con llave del cuarto.

Hace mucho la cerradura permanece inviolada en ese dormitorio, ya no recuerdan al foco que guarda mosquitos en el estómago, a las paredes exhalando olor a miados ni a las cajas enmohecidas en una siesta eterna. Hace tanto tiempo que se ve pararse a Midas frente al aura oscura de la puerta que ya nadie le repite que ese trance es en parte culpable de sus insomnios posteriores. Prefieren dejarlo de pie, callado y ausente. Rezan nada más para que esa noche,[...], no sueñe demasiado y los deje dormir.

Midas permanece en silencio. La cacerola se contonea y silva anunciando las nueve. En el comedor, las sillas se acomodan en un ángulo de tres cuartos para dejar ver su mejor perfil; lucen orgullosas a pesar del polvo y lo raído de su tapicería rojiza. La platería permanece callada, no ha olvidado las palabras; aunque sabe bien cuando es mejor no usarlas. El candil parece cansado y suspira cada vez que la mosca que entró por la escalera se le acerca. El retrato de doña Soledad, desde el marco dorado que perdió toda representación monárquica y que ahora se contenta con subrayar el pasado, sonríe a sorbos salivales. Nadie se sienta.

La cacerola gime, llora, rompe el silencio, arremete contra el tapiz grisáceo por el exceso de tiempo y lanza un alarido desesperado. [...]. Midas engulle unos cuantos trozos de res que cayeron al suelo, voltea a su alrededor buscando empatía, esperando que alguien imite su acto de desesperada hambruna, esperando que alguien lo mire con sensación de rabia y le arranque de los dientes la comida. A lo lejos vuelve la afonía, tuerce la intuición. No hay más que ausencia.

Midas mastica mientras el olor a caldo se detiene brusca, violentamente, frente a la puerta del cuarto; la estela parece luchar por su vida contra la pestilencia a orines que le lanza balas debajo de la puerta. La fuerza de la podredumbre vence y se cuela entre los ojos de Midas hasta el cerebro, como un zarpazo; luego de golpe, violenta, irrefrenable percibe la mirada colérica y rendido escupe el trozo que estaba por tragarse. Ya son las diez. La puerta permanece bajo llave. Doña Soledad retiene la sonrisa amordazada. El candil despierta, contiene el suspiro por venir y la mosca cae muerta dentro la sopera. Los cubiertos hablan entre sí muy bajo. Las sillas se avergüenzan y esconden sus largas piernas bajo la mesa.

La cerradura cruje y se escucha un tibio pasar. Midas se detiene frente al quicio, olisquea y percibe un olor conocido, un olor a rancio, que sale por la ranura de la entrada del cuarto y entre el surco de la manija. Dentro, en la oscuridad, los mosquitos revolotean alrededor del cadáver luminoso, alrededor de las cajas se extiende un charco coagulado, los muros se estiran para permitir pasar los nidos de polillas. Se abre primero la reja, [...] aparece el carnicero vestido de luto. Va hacia la cacerola, se asoma y aspira, se sirve un plato lleno, [...], acaricia la cabeza de Midas y le pregunta si esta vez su mujer sí quiso salir de su dormitorio a tomar el sol, levanta el vaso hacia doña Soledad en señal de “buen provecho”. Midas esconde la cabeza bajo las dos patas delanteras. El carnicero da un bocado y susurra: “Alégrate Midas. El día miente: hoy sí es hora de la cena”.

Para leer el cuento completo: buscar el número 1 de la revista Errr.

jueves, abril 16, 2009

NUNCA es tarde: San Salvador Atenco


Ignacio del Valle: el tamaño del miedo
2009-02-17
Luis Hernández Navarro, La Jornada

Lleva dos años y nueve meses en la cárcel. Habita una celda de tres metros por dos, en el módulo 3 del penal de alta seguridad del Altiplano. Purga una condena de 112 años y seis meses de prisión. Se llama Ignacio del Valle.

En su morada no hay noche ni día. La luz está encendida siempre. A veces disfruta de 35 minutos de sol diarios. Le revisan la correspondencia y los mensajes que le llegan. Lo someten a revisiones humillantes. Por su crujía se pasean 10 o 15 vigilantes encapuchados con perros. Le quitan sus escritos y los rompen. No sabe lo que sucede afuera. Puede hablar por teléfono 10 minutos a tarifas altísimas. A menudo, los guardias reducen ese tiempo a sólo siete u ocho minutos. Cuando sus parientes lo visitan, los custodios se prodigan en los malos tratos. Su padre y su hermano murieron estando él en prisión.

Nunca ha robado ni matado a nadie. No consume drogas ni las vende. No extorsionó a ninguna persona. Es un hombre honesto. Es un luchador social que defiende las tierras de su pueblo. No es delincuente. Sin embargo, comparte prisión con los más peligrosos criminales del país: asesinos, narcotraficantes y secuestradores.

Está acusado de los delitos de secuestro, ataques a las vías generales de comunicación y secuestro equiparado. Fue detenido sin orden de aprehensión en una casa de la ciudad de Texcoco, estado de México, a varios kilómetros de distancia de su hogar, en San Salvador Atenco. Su verdadero delito fue protestar para defender a su pueblo; no rendirse.
Ignacio del Valle es campesino, serigrafista, carnicero y padre de familia. Durante años fue obrero en la zona industrial de Ecatepec. Laboró en empresas como Guanos y Fertilizantes. El trabajo era rudo y la paga escasa. En 1981 fue promotor de educación física en la zona de Ixtapaluca.

Hasta su detención, sembró una pequeña parcela de una hectárea de riego en su pueblo natal, San Salvador Atenco. De ella sacaba maíz, frijol, calabaza y hortalizas. A pedido, cocinaba barbacoa de borrego, res, puerco y pollo. Montó en su pueblo un taller de serigrafía, donde estampaba bermudas. Le iba bien cuando no había competencia, pero en cuanto comenzó a entrar el bordado el trabajo escaseó.

Ignacio nació el 31 de julio de 1953 en el seno de una familia como la que él formó después. Su padre era campesino y carnicero. Tuvo seis hermanas y un hermano. Con muchos sacrificios, sus padres lograron dar educación a todos: una es normalista, otra doctora; una, modista; la otra, secretaria. Él estudió sociología en la UNAM, pero no pudo terminar la carrera.

Convencido de la importancia de la educación, de joven, en su pueblo, junto a otros tres o cuatro amigos, se dedicó a alfabetizar a la gente de más edad que no sabía leer ni escribir. Se trataba de que salieran adelante. Abrieron primarias, secundarias y una preparatoria abierta. Querían llevar la cultura al pueblo. Formaron una biblioteca popular promoviendo el kilómetro de libros. Su gran sueño, establecer una universidad en su región, está pendiente.

Él y sus compañeros fundaron un grupo de apoyo comunitario. Ayudaban al pueblo y a su gente. Cuando algún vecino estaba muy grave y no tenía dinero lo metían al hospital. Para pagar la cuenta, juntaban 10 o 15 hombres y mujeres y donaban sangre. Ayudaban a gente que no conocían.

San Salvador Atenco era, a finales de la década de los 60, una comunidad rural ubicada a escasos 35 kilómetros de la ciudad de México que sufría los embates de la urbanización salvaje. Era un municipio desprovisto de servicios, cercado por la especulación urbana. Pero era, también, una localidad en la que sus habitantes, a decir de María Trinidad Ramírez, esposa de Ignacio, se sentían seguros. “Uno nació allí –asegura ella–. Puede caminar por donde sea sin causar problemas o que nos los causen. Somos libres. Es nuestro territorio. Sabemos lo que nos corresponde. Lo queremos y lo conocemos.”

En Atenco había unidad y respeto. Sobrevivían muchas costumbres de sus antepasados. Estaba vivo el amor a la tierra, la que les da vida, y a la que se ve como un legado que hay que cuidar y traspasar a hijos y nietos. Aunque formalmente la presidencia municipal estaba en manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la comisaría de bienes ejidales y la junta de agua potable eran controladas por los ejidatarios y el pueblo.

Como ha explicado Damián G. Camacho Guzmán, antes de que, en 2001, los pobladores de ese municipio se movilizaran para defender sus tierras del decreto expropiatorio para construir el aeropuerto y formaran el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, habían vivido un largo proceso previo de luchas comunitarias, municipales y regionales. En ellas fundaron organizaciones como la Unión Social Cultural de Atenco, Habitantes Unidos de San Salvador Atenco, Frente Popular Región Texcoco y el Frente Popular del Valle de México.

La movilización social permitió arrancar a los distintos gobiernos la solución a sus demandas más sentidas: pavimentación, canchas deportivas, hospitales, biblioteca, auditorio, agua potable. Simultáneamente, se convirtió en la vía para enfrentar, con éxito desigual, aumentos en los impuestos prediales, expropiación de terrenos, construcción de carreteras sobre tierras ejidales y el trasvase de sus acuíferos a la ciudad de México.

Ignacio del Valle estuvo al frente de estas luchas. Ejerció un liderazgo genuino y desinteresado. Lejos de corromperse, se mantuvo fiel a su comunidad. Defendió las tierras de su municipio cuando unos cuantos poderosos quisieron hacer grandes negocios con ellas.

Ignacio es un artista nato. En el penal dibuja sobre papel con bolígrafo y, cuando puede, colorea sus obras. Escribe también largas cartas. En una de ellas, enviada a sus compañeros el 22 de octubre de 2008, escribió: ¡Del tamaño de nuestra sentencia, de este mismo es el miedo que nos tienen! No le falta razón: la monstruosidad de su condena es una advertencia a todos aquellos que se atreven a decir al poder: ¡no!.
Fuente: periódico La Jornada.

martes, abril 07, 2009

Más y más fragmentos:


Rumbo a Filadelfia


Para mi Armando.

“…Make me an angel that flies from Montgomery
Make me a poster of an old rodeo
Just give me one thing to hold on to
To relieve in this living is just a hard way to go.”
John Prine, “Angel from Montgomery”.



Dos pasos y la madera cruje, piensas en la carta abandonada hace quince días en tu buzón mientras una botella de aguardiente descansa sobre tu pierna y cuatro moscas caminan sin prisa sobre la mesa apolillada de la cocina. En el porche, el sediento perro se incorpora nervioso, gruñendo al camino [...]; la veleta presagia la llegada de la gran ventisca. Ya se oye el aire crecido desprendiéndose desde los fondos de la tierra, azotándose en un acto de expiación contra las tejas. Te asomas por el vidrio y el polvo crece, la sequía permanece, el calor somete; el camino a lo lejos sin moverse, ni un centímetro.

Ayer rezaste por séptima vez con los dedos bien cruzados a santos desconocidos, esperando que la inalterable fe legitimara su promesa. Esas cosas no sirven, [...] tan sólo funcionan para aquellos a quienes Dios reconoce como hijos; pero a ti, [...]

La primera advertencia del viento. [...] Con la muleta tras de ti corres a vigilar que la cerradura esté bien firme, pero no olvidas mirar una vez más por la ventana, huyes al sótano a refugiarte, piensas en el perro, lo llamas, le gritas. Acercas a tu pecho la biblia, entre sus páginas permanece la carta, te cuelgas el rosario, repites: “Santo, Santo, Santo, el Señor Dios Todopoderoso, el que era y el que es y el que viene”. Cierras los ojos.

La suerte está echada y no queda más que esperar. [...], descansa en el tibio sofá, acuéstate abrazado a la paciencia y a los muros astillados. Aléjate, aléjate para siempre del camino.

Después del golpeteo de maderas, del crepitar de vigas, del cimbreo de cristales, sales de debajo, te sacudes el polvo. Arriba el aire hirviente que se removió de los trasfondos terrestres ahora ocupa el lugar de tu resguardo. [...] Te envuelves el puño con el rosario para salir al patio delantero. El sonido desaparece, el camino permanece inmóvil. Frente a ti como una falsa ofrenda, una vaca muerta, con la lengua de fuera y las patas abiertas, sobre ella una plaga de insectos.

Prendes el radio, pero tan sólo las moscas responden al silencio. Unos minutos después, llega la voz robusta de Mr. Roosevelt y apaga el zumbido, suspiras al mismo tiempo que a cada palabra tu voluntad es restaurada, “los hombres no son prisioneros de su fe, sólo son prisioneros de su propia mente”. Abres de nuevo la puerta y asomas la cabeza, el polvo exhumado cubre el paisaje y la línea de la carretera a penas se logra distinguir, el olor se ha vuelto tibio, [..]. Das un paso, [...] y tratas de contar con la mirada los metros de la entrada a la orilla de la carretera. Veinticuatro. Parecen pocos, pocos comparados con el verdadero viaje. [...]. Retomas la biblia, recorres impaciente las páginas, abres en el Nuevo Testamento y te arrodillas frente a la ventisca. Levantas la voz, un golpe de polvo te responde.

[...]

Te arrastras hacia la puerta, [...] Te derrumbas ya dentro, sin ganas. Recuerdas la fotografía clavada en los intestinos, la promesa administrativamente membretada, el hambre para el archivo, el anuncio zumbando en tu memoria, tu pierna subrayada en las líneas incorrectas, las moscas clavadas a los muros, [...] Abres, las páginas y en medio la carta. Ya sentado frente a los vidrios [...], recorres los surcos de la madera avejentada más que nada por el recuerdo, para trazar con tus dedos la ruta, aquella que te prometieron te salvará de la miseria, aquella firmada por la FSA y señalada por los profetas. [...], sales a la carretera ardiente, rumbo a Filadelfia.

Pobre inválido cobarde, sin pierna y sin edén. Te ha abandonado, como abandonó a su hijo. Pero a ti, te entregó a una cruz sin resurrección posible, olvidó tu nombre y te dejó sus cenizas.

Empieza el dolor en el muñón, pero se te olvida al intentar negociar con tu cuerpo que relegue el ardor de la llaga en la axila y que soporte un poco más el sol sobre los labios resecos. No van más de tres pasos y ya te asomas esperanzado y fijas el rostro en el letrero que anuncia a lo lejos “Buen viaje. Alabama”. [...] A pesar de la voluntad te reventó el tormento. Cierras con llave, [...] te recuestas sin fracaso, con completa desobediencia.

Como cadáveres desnudos, dejaste el aguardiente y la carta. El paisaje se detuvo en un gran fuego artificial: el espejismo intacto, el camino sin huellas, la casa sin el ruido de tus muletas, el incendio, el perro hambriento, la pierna amputada, el final en un canto. Te has muerto sentado en un sofá, [...]


Todo el texto, próximamente en Revista Pleroma.

domingo, noviembre 09, 2008

Fragmentos de "Mnémosine"

Se ha vuelto muy perdidiza, los cordones con cascabeles en la punta que le brotan de las manos como dos lágrimas de nostalgia no han servido de nada. Igualmente se sigue deslizando bajo las puertas con llave, por las rendijas de las ventanas policromadas y hasta por las grietas de los muros sin reparar. Hace cinco años, decidimos colgarle en el cuello una placa que brillaba desde tres kilómetros de distancia y que repetía con orgullo olímpico su nombre, la dirección, y teléfono. Esto confiando en el buen sentido de la gente o en caso de que un desgraciado samaritano se digne a regresarla, lo cual sería lo más lógico, ya que al fin y al cabo nadie quiere dos de ellas, con mantener y soportar a una ya es más que suficiente. Pero estas ideas paliativas en nada alivian mi mayor miedo, que es que un individuo con Alzheimer se la tope...

En los rostros de velorio se adivinaba, esta noche, la preocupación que provocó su nueva pérdida. Era imposible encontrarla, toda la familia, exceptuando a mi hermana y a mí, se desprendió de sus sábanas y se dedicó a aspirar las calles con las miradas y a torturar borrachos orinados para que confesaran si la habían visto o si la habían soñado. Dijeron que en esas condiciones yo no era de ninguna ayuda y alguien con capacidad de discernimiento debía esperar conmigo en la casa por si ella se dignaba a regresar y desde luego para cuidarme porque en ese momento me encontraba en un estado de esquizofrenia e incomprensión. Cada vez que se pierde me entra el desvarío y burbujean de mi boca rabiosa cuestionamientos existenciales inevitablemente obvios....

Hace no mucho se escondió en el auto, anteayer en la tienda y en una ocasión hasta en un baño público, siempre está huyendo, es por esto por lo que el pasado viernes le reclamé con histeria convulsiva sus ausencias y enfermé de enojo al observar su serenidad de gaviota nocturna mezclada con la indiferencia de un espejo roto*. La amenacé cambiar el resplandor de la placa metálica por la herrumbre de un ancla que la mantenga encallada a mis pies, ella me revolvió la melena mientras dio la vuelta para volver a salir. Al fin y al cabo, puedo bien vivir sin ti, le grité sin reflexionar, tan sólo tendría que hacer como papiros antiguos, infinitas listas de datos importantes como mi nombre, mi edad, mi oficio, mi dirección y teléfono, mi identidad, además de como cerrar el gas, bañarme, poner los seguros de las puertas, cocinar un huevo, usar los cubiertos y encender el auto. En respuesta, ella me acarició con los ojos e hizo una mueca de soberbia, bien sabe que nunca podré sobrevivir siquiera cinco minutos sin su presencia, dependo demasiado de sus favores y eso, eso ¡me enfurece! Después de reiterarme con su silencio cuánto la necesitaba desapareció con los moscos tropicales...

Para ser sinceros, a veces pienso que es mejor que nunca vuelva porque ya me tiene bastante harto con su rebeldía y palabras de monocordio desafinado, no tiene inventiva siquiera, tan sólo habla como padre cristiano sin fe...

Hoy, tras la nocturna búsqueda, desperté todavía amarrado a la silla y aun sin escuchar la noticia de su pérdida de la voz de mi madre, supe que se fue para siempre sin decir adiós. Pero descubrí sobre Los Vedas sus rítmicos cascabeles con una carta en la que confesó que nunca estuvo contenta con mis recuerdos y que mi pasado era demasiado torturante para su ligera ingenuidad. Mencionó que buscaría a otro más joven o tal vez a otro a punto de morir. Lloré por cinco horas Me miré en el espejo No pude moverme ni reconocerme Entré en la locura Intenté suicidarme...

Para leer el cuento completo:
www.kathauton.eu/2/revista.html


viernes, agosto 15, 2008

Festejemos el espíritu de las Olimpiadas con sangre en las manos



Una vez más...

Nos encontramos ante los Juegos Olímpicos, y fuera de si consideramos bellas las rutinas gimnásticas, o si levantamos el pecho ante nuestros "orgullos nacionales"; pensemos si el espíritu de hermandad mundial, de competencia honesta, de demostraciones de los esfuerzos de los pueblos, no son en realidad un cruel ejemplo de las hegemonías de aquellas naciones que no pretenden sino dar al mundo una imagen de poder económico. Y...claro para hacer esta demostración, "EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS".

O ¿ya se nos olvidó la siempre recordada, pero nunca pasada masacre del 68? Ya se nos olvidó que Echeverría ocultó las desapariciones, los cadáveres, los tanques, la represión ante los ojos del mundo tras una bandera y un estadio olímpicos.

¿Ya tan rápido se nos olvidó la constante represión de China sobre el pueblo del Tíbet?

Ya se nos olvidó porque nos colgamos una medalla, ya se nos olvidó porque escuchamos nuestro himno nacional tras la bocina del televisor, ya se nos olvidó porque escuchamos el discurso de Rogge en la fiesta inaugural. Discurso demagógico como muchos, pero peligroso porque en los ánimos olímpicos, aquel que no pregone un espíritu deportista y de pertenencia al "progreso" globalizado se le acusa de radical, traidor, separatista y se le masacra.

Y así, una vez más, bienvenidas las Olimpiadas.

Fragmento del discurso de Rogge, Presidente del Comité organizador de los Juegos Olímpicos

[...] Quiero aprovechar esta oportunidad para agradecer al Comité Organizador de los Juegos de la 29ª Olimpiada de Beijing, y en particular al presidente Liu Qi, el gobierno chino, a toda la gente de China y a la ciudad de Beijing su magnífico esfuerzo y dedicación [...]

Los Juegos Olímpicos de Beijing, que duran dieciséis días, no sólo serán momento competiciones deportivas, también una buena oportunidad para conocer otras culturas. Podremos sentir la pasión que sólo las olimpiadas pueden darnos.

Los Juegos Olímpicos son una celebración única, cuando el deporte está en la mente de todo el mundo. Como los Juegos anteriores, los de Beijing tendrán que demostrar al mundo ¨qué son las Olimpiadas¨ para lo que todos los jóvenes se reunirán jubilosamente con el mismo objetivo y sueño, para compartir con pasión y alegría.

Amigos presentes aquí esta noche, deseo que ustedes disfruten de una excelente inaguración.
¡Que los Juegos comiencen!
Rogge, Presidente del Comité Organizador Internacional de los JJOO

miércoles, agosto 13, 2008

Entre notas rojas

Entre carnes y carnitas

El hueso de la pierna derecha se asoma entre la piel abierta, la grasa se esparce y deja una gran capa amarillenta sobre lo que todavía queda de piel. La otra pierna tiene la piel rasgada. En el pavimento, la sangre forma un gran charco que se va diluyendo junto con la lluvia de las tres y media de la tarde. Los curiosos se arremolinan alrededor de la mujer de 65 años que delira en el suelo, mientras un hombre arrodillado frente a ella le pide que siga consciente.
En la ambulancia 2 de Sipromédica conducida por: Rodrigo León Osorio y César Caballero Cardoso, salíamos del hospital de Traumatología del Sur del IMSS en la calle de Pestalozzi. En la radio se oía un llamado del Escuadrón de Rescate de Urgencias Médicas (ERUM) que pedía ayuda en la esquina de Torres Adalid y Cumbres de Maltrata. César, el jefe de servicio, respondió desde el asiento del copiloto.
Frente al mercado Nativitas, en Torres Adalid, una patrulla de tránsito cierra el paso de la calle. En la otra esquina un oficial interroga al conductor del camión de redilas blanco que ocasionó el accidente. Andrés Castellanos, dueño de la tintorería “Lux” de enfrente, pone en práctica los cursos de primeros auxilios que aprendió en la Cruz Roja mientras llegan los paramédicos.
En Insurgentes pasaba a nuestro lado una ambulancia del IMSS, Rodrigo hizo sonar el claxon y le gritó un adiós. Comentó que no los conocía, pero que una vez se burló de un compañero accidentado y César lo regañó ya que “esto es como una fraternidad” y los paramédicos deben de ser solidarios. Nos detenemos por el tráfico y una chica traviesa frente a nosotros, Rodrigo le chifla y después se disculpa diciendo que en ocasiones es necesario poner un poco de diversión al trabajo.
La ambulancia finalmente llega a la calle del siniestro. Rodrigo se asoma y comenta que ahora sí les tocó lo bueno. César se burla preguntándole si ahora no le va a dar asco. Mientras bajan los instrumentos, Rodrigo se ríe y le contesta que él no se desmaya ni le da asco, que sabe aguantar. Un policía les informa sobre lo sucedido, Rodrigo y César vendan ambas piernas y las envuelven en unos torniquetes de hule espuma.
César y el hijo de Doña Celia suben con ella en la parte trasera dónde toman los datos de la paciente. Rodrigo prende la alarma, conduce sobre el carril del metrobus y debido al tráfico lanza insultos cada vez más frecuentes. César mantiene a la señora despierta, con la mano izquierda se sostiene los lentes y con la derecha va llenando el formulario correspondiente.
Llegamos al hospital privado DALINDE en la calle Tuxpan. Rodrigo explica a un enfermero lo sucedido y le da a firmar la hoja con el reporte médico, pide hablar con un traumatólogo, pero un médico general que va pasando por ahí le dice que por el momento no hay ninguno.
La señora comienza a entrar en shock por el dolor. Después de diez minutos el Médico general y pide el diagnóstico a los paramédicos. Retiran los torniquetes, se ven los vendajes empapados en sangre. Rodrigo informa que la señora fue atropellada y que tiene una fractura expuesta bilateral en los miembros inferiores, avulsiva en la pierna derecha.
El médico pregunta si la señora tiene seguro social o medios económicos para hacer el pago. Rodrigo contesta que un hijo de la señora está afuera y que ya se comprometió a asumir los gastos. Con un tono de exasperación dice que lo importante es revisar la herida cuánto antes. César repite por tercera vez que la paciente necesita un traumatólogo urgentemente o perderá la pierna derecha. El médico sin haber oído ni hecho nada le da las gracias a los paramédicos y les dice que ya pueden irse.
Rodrigo se queda en la sala con Doña Celia. César recoge la camilla ensangrentada y sale. Sin sonreír, comenta que ya está acostumbrado a todo aunque lo único que no soporta es el hedor de cierta sangre. Continúa diciendo que en los hospitales no es como Rodrigo, que él sólo deja al paciente porque ya aprendió a no pelearse ni con los médicos ni con las enfermeras.
Diez minutos después subimos todos a la ambulancia. Rodrigo comenta que seguramente deberán amputarle la pierna a la señora al mismo tiempo que dice que tiene mucha hambre y pregunta qué se nos antoja comer. En el transcurso César y Rodrigo hablan sobre el hueso expuesto, las hamburguesas de ayer, el niño electrocutado de hace unos años, el café del Starbucks, la piel abierta, la pierna con sangre. Llegamos a un puesto de flautas y ellos concluyen que éste fue el suceso del mes.
Rodrigo pide cinco flautas de carnitas y César tres. Continúan recordando la imagen de las piernas destrozadas mientras dan una mordida, en el sartén con aceite se queda un pedazo de pellejo pegado. La grasa mezclada con la carne deja una capa blancuzca sobre el metal del comal y en el lugar se empieza a percibir un olor penetrante semejante al de la sangre a las tres y media de la tarde.

Fotografía: Enrique Metinides


lunes, julio 28, 2008

Homenajes y brindis con caipirinha en la mano

Manuel Bandeira: una reinterpretación de lo ya conocido


El poema “Tragedia brasileña”, de 1933, pertenece al libro Estrella de la mañana que fue publicado en 1936 y escrito por Manuel de Bandeira (1886-1968). El poeta se interesó principalmente por las corrientes europeas del simbolismo y el parnasianismo por lo que recibió sus influencias de autores como Mallarmé, Apollinaire y Verlaine. Sin embargo, a su regreso al Brasil en 1914 comenzó a acercarse al movimiento de vanguardia nacional nacido en Sao Paulo, al grado de que posteriormente sería llamado por Mario de Andrade el “San Juan Bautista del Modernismo brasileño”. Por lo tanto en el libro en el que se encuentra el poema a estudiar, el autor muestra ya una personalidad definitiva y más cercana al Modernismo brasileño. “Tragedia brasileña” es uno de los textos más representativos de la poesía modernista de Bandeira, puesto que genera una reinterpretación de lo cotidiano y de las vivencias. El poema en este sentido se aleja completamente del purismo, de la retórica, de los complejos giros gramaticales y del hermetismo que buscaban los simbolistas –con los que, pesar de que como ya mencionamos, en algún momento el autor se sintiera atraído-- y que el mismo Bandeira critica en su poema “Poética”. Es por esto por lo que para dilucidar la apertura de interpretación de este poema en apariencias sumamente anecdótico; en primer lugar se explica la hibridez del poema como una característica que permite su apertura a la interpretación. En segundo lugar se analiza el proceso por el que pasa el poema para lograr una sublimación de la realidad cotidiana. En tercer lugar se analizan los elementos del poemas que lo insertan en el movimiento del Modernismo brasileño.

Este texto podría calificarse de “poema en prosa” tanto por la temática como también por la forma. “Superando la hoy ya diluida dicotomía entre épica y lirismo, Bandeira suele servirse de una escritura cuasi narrativa”(Alonso 6). En cuanto a la temática, en el poema se “relata” con suma brevedad, la situación de una pareja de un empleado de Rentas y de una prostituta; una historia que parece estar tomada entonces no tal vez de alguna otra obra de ficción, sino de una nota periodística o de una cuento o noticia cotidianos Los versos del poema están acomodados en forma de párrafos; incluso, en este caso el empleo de la sangría en las primeras líneas de cada estrofa muestra que el modelo narrativo es respetado. El poema inicia con dos descripciones de los personajes –si es que se les puede denominar así en este texto--, mismas que no responden solamente a una necesidad narrativa, sino también al ritmo lírico de todo el poema: “Misael, empleado de Rentas, de 63 años de edad. / Conoció a María Elvira en Lapa –prostituta, con sífilis, dermatitis en los dedos, un anillo empeñado y los dedos que daban lástima.”(Estrella de la vida entera 106). Este ritmo que introducen las descripciones es llevado sobre todo por la enumeración, dado que en seis de los versos posteriores este recurso retórico es el único presente: “vivieron en Estácio, Rocha, Catete, Rua General Pedra, Olaira, Ramos, Bonsucesso, Vila Isabel, […]”(Estrella 106). Estas enumeraciones permiten en una primera interpretación, el pensarlas como la representación del peregrinar de los personajes, quienes vivieron mudándose.
En una segunda fase interpretativa se puede ver las enumeraciones como el peregrinar de la vida que termina por llevarnos hasta la muerte. Razón por la cual la última estrofa comienza por un “En fin en la Rua da Constituiçao”(Estrella 107), porque es en este momento cuando tanto el lector como los personajes terminan ese peregrinar y así con su destino trágico. Es por esto por lo que a pesar de que el poema carece de otras figuras retóricas y de que el vocabulario es sencillo y coloquial: “[…] pagó médico, dentista, manicura…”(Estrella 106); el poema lleva la cotidianeidad al universo lírico. De esta forma el poema no se agota ni como texto narrativo ni como texto poético, sino todo lo contrario; permite una apertura a la interpretación bajo cualquiera de las dos formas.

Pero esta travesía de lo narrativo a lo lírico no se hace por medio de la simple transposición de descripciones en versos libres, sino que Bandeira lo logra sublimando los aspectos de la realidad; “desconcertando a quienes sólo lo consideraban […] como un poeta ligado a lo coloquial y a lo descriptivo”(Alonso 8). La sublimación que Bandeira hace de la realidad la logra transformando las vivencias en poesía. Ejemplo suficiente es el texto a estudiar, en donde la exaltación se anuncia desde el título del poema: “Tragedia brasileña”; no sólo porque ya se anticipa a la muerte del final del texto, sino porque el poema es todo él una tragedia. Es decir, que la tragedia no está solamente en la muerte de María Elvira, sino desde el inicio en el encuentro de esta mujer con Misael y en su historia de desamor que los lleva al peregrinar de la vida continuo, ya mencionado. La tragedia tiene entonces su clímax en la belleza: “Cuando María Elvira se descubrió con linda boca consiguió enseguida un novio”(Estrella 106), ya que es este evento el que desencadena el trágico desenlace; pero es el amor la primera causa. Es decir, es gracias al amor de Misael que María logra la belleza, pero es por la belleza que ella lo traiciona, y finalmente es debido a la traición que él la asesina. Por lo tanto, el texto en vez de responder, dado al tema –crimen pasional--, al formato de nota amarillista es puesto al mismo nivel que un poema de amor, porque es el sentimiento amoroso finalmente el que participa en la sublimación de los eventos reales. Esta sublimación de la realidad es más evidente en la última descripción del poema, en particular en las últimas palabras: “caída en decúbito dorsal, vestida de organdí azul”(Estrella 107). Esta frase es la única imagen a lo largo de todo el poema que se aleja de lo representativo y se acerca a lo sugestivo, y es por lo tanto uno de los dejos del Simbolismo europeos en el poema –a pesar de que como ya mencionamos Bandeira quisiese depurarlos posteriormente. Es decir, el lector puede visualizar a esta mujer acostada sobre su espalda vestida con telas transparentes y con seis tiros en el pecho y pensar no en el horror del asesinato sino en la mujer como el símbolo de una muerte sublimada. Por lo tanto es esta imagen la que termina por dar el aspecto poético al texto. Y así con esta sublimación, Bandeira contribuyó al proyecto modernista de abrir el campo poético “ampliándolo a los aspectos más prosaicos de la vida”(Panorama de la poesía brasileña 89). La sublimación es por lo tanto un recurso que usa el poeta para generar una reinterpretación de lo cotidiano, ya que sin esta exaltación el texto podría cerrarse a la mera comprensión anecdótica.

El poema, como ya se dijo, corresponde completamente al Modernismo brasileño, pues hay una “presencia creadora del pueblo como protagonista […]”(Alonso 5). El movimiento modernista, no pretendía crear una visión exótica del Brasil ni una regionalista y mucho menos chovinista, sino el de profundizar en el mundo brasileño. En este poema el autor no ofrece, por lo tanto, una descripción del paisaje brasileño, ni un relato costumbrista, sino que nos adentra en un suceso o vivencia de su país. “De la experiencia polémica del modernismo [Bandeira] conservó la capacidad de desentrañar la poesía de lo cotidiano y de expresarla en formas coloquiales”(Souza 52). Como ya se dijo, el poema parece haber tomado el tema de una noticia informativa, lo cual convierte el texto en un “poema periodístico” y esto es más evidente dado que en el texto hay una aridez proveniente de la forma en la que se presentan las imágenes y de la elección de la palabra directa. Un ejemplo de esto es la utilización de frases de sintaxis simple: “Misael no quería escándalo”, “Por fin en la Rua da Constituiçao, donde Misael, privado de sentidos y de inteligencia, la mató con seis tiros, y la policía […]” (Estrella 106). Esta forma tan clara de decir las cosas muestra en el poema una naturalidad. Pero, como ya se advirtió esta sequedad se mezcla desde luego con una ternura poética que da paso a la sublimación. Por lo tanto además de transcribir las vivencias de la sociedad brasileña, el poema también traslada su lenguaje. Así con el poema de Bandeira el lector no sólo recibe la historia de los amantes, sino que con la enumeración de las calles de la séptima estrofa, peregrina también con ellos por el mundo brasileño y por la sonoridad de su lengua.

En conclusión, “Tragedia brasileña” es un poema que permite múltiples interpretaciones, a pesar de que a una simple lectura pareciese limitarse a lo anecdótico. Cada estrofa por sí sola no apunta a algo más, por lo que es necesario leer el texto completo para poder generar las interpretaciones. Esta característica no aminora la calidad poética del texto, puesto que es por la llaneza del lenguaje que el poema resulta natural y a la vez trascendente. De manera que lo interesante del poema es sobre todo que la misma cotidianeidad es la que ofrece esta apertura, puesto que los elementos de la vida brasileña son trascendidos . Por lo tanto, Bandeira es un poeta que no necesita de grandes giros lingüísticos o formales para significar algo más; y sobre todo para significar y develar lo brasileño. Y en esta apertura de significación es interesante cuestionarse de nuevo sobre la sensación del errar constantemente que nos lleva al tema recurrente en la poesía del autor: la muerte. Un tema ligado a su propia vida –puesto que desde joven el poeta enfermó de tuberculosis y en un lapso de tan sólo seis años toda su familia falleció--, de manera que no es de extrañarse que la tragedia le fuese cercana y cotidiana.

Bibliografía:
Bandeira, Manuel. “Tragedia brasileña”. Estrella de la vida entera. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2003. 106-7.
-----------------------“Prólogo: Bandeira do brasil”. Estrella de la vida entera. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2003. 3-9.
Bandeira, Manuel. Panorama de la literatura brasileña. México: FCE, 1951.
Souza, Antonio. Introducción a la literatura del Brasil. La Habana: Casa de las Américas, 1971.

Porque yo tampoco sé nada de nada: para aquellos a los que continuamente se nos pierden las cabras

I don't know - Tinturia



jueves, julio 24, 2008

Promocionando

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