domingo, noviembre 07, 2010

Feeling Good
Nina Simone




Birds flying high you know how I feel
Sun in the sky you know how I feel
Breeze driftin' on by you know how I feel

It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good

Fish in the sea you know how I feel
River running free you know how I feel
Blossom on the tree you know how I feel


Dragonfly out in the sun you know what I mean, don't you know
Butterflies all havin' fun you know what I mean
Sleep in peace when day is done
That's what I mean

And this old world is a new world
And a bold world
For me

Stars when you shine you know how I feel
Scent of the pine you know how I feel
Oh freedom is mine
And I know how I feel

viernes, noviembre 05, 2010

estás en la ventana abierta de la habitación, frente a la nevera vacía, en el estudio sin libros, en un gesto sin símbolos, sin ayer, sin mañana con un hoy perpetuo.

sábado, octubre 30, 2010

Sentía la herida hasta mitad de la uña, la avispa le había picado justo en el dedo anular en el que llevaba el anillo de plata, fue por limones a la cocina, se aplicó unas gotas en la rojez, miró cómo la inflamación cedía. Se entristeció, el jugo no había acelerado el ardor, ahora el aro tenía la medida perfecta para su dedo. Ahora no tendría pretextos para no llevarlo consigo a todos lados.


Don't Think Twice, It's All Right

BOB DYLAN



It ain’t no use to sit and wonder why, babe
It don’t matter, anyhow
An’ it ain’t no use to sit and wonder why, babe
If you don’t know by now
When your rooster crows at the break of dawn
Look out your window and I’ll be gone
You’re the reason I’m trav’lin’ on
Don’t think twice, it’s all right

It ain’t no use in turnin’ on your light, babe
That light I never knowed
An’ it ain’t no use in turnin’ on your light, babe
I’m on the dark side of the road
Still I wish there was somethin’ you would do or say
To try and make me change my mind and stay
We never did too much talkin’ anyway
So don’t think twice, it’s all right

It ain’t no use in callin’ out my name, gal
Like you never did before
It ain’t no use in callin’ out my name, gal
I can’t hear you anymore
I’m a-thinkin’ and a-wond’rin’ all the way down the road
I once loved a woman, a child I’m told
I give her my heart but she wanted my soul
But don’t think twice, it’s all right

I’m walkin’ down that long, lonesome road, babe
Where I’m bound, I can’t tell
But goodbye’s too good a word, gal
So I’ll just say fare thee well
I ain’t sayin’ you treated me unkind
You could have done better but I don’t mind
You just kinda wasted my precious time
But don’t think twice, it’s all right

Copyright © 1963 by Warner Bros. Inc.; renewed 1991 by Special Rider Music

jueves, octubre 28, 2010

seré arena hasta que el oleaje decida subir su marea,
seré polvo desértico quieto esperando la ira del monzón,
seré roca fragmentada resignada a la erosión constante,
seré un puñado de materia fina: para que ante cualquier cambio atmosférico tan sólo
tengamos que abrir la palma de la mano y permitirme partir



domingo, octubre 17, 2010

te
guardé tomate fresco en la nevera, un pedazo de pan en la mesa,
agua hirviendo en la tetera y una palabra en silencio en mi palma
derecha, con la izquierda te ofrezco la cena, con la otra si nos da
tiempo...

la promesa

miércoles, octubre 06, 2010

quiero un ramo de flores, sin olor alguno, tan sólo de formas y colores distintos para ponerlas frente a mi cama y cada día, al despertar, mirarlas florecer hasta su muerte.



quiero un mundo de silencios, donde tan sólo quede la palabra ante la hoja en blanco y así podamos escondernos de lo no dicho y que a penas está por ser escrito.

miércoles, septiembre 29, 2010

La mujer del mercader del río: una carta de Ezra Pound


Cuando yo todavía llevaba el pelo cortado sobre la frente
jugaba en el portal delantero, recogiendo flores.
Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,
caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules
y seguimos viviendo en el pueblo de Chokan:
dos niños, sin aversión ni sospecha.

Con catorce años me casé con vos, mi señor.
Nunca me reía porque era tímida.
Bajaba la cabeza y miraba a la pared.
Aunque me llamaran mil veces, nunca volvía la cabeza.

Con quince años dejé de fruncir el ceño,
deseaba que mi polvo se mezclara con el tuyo
para siempre y para siempre y para siempre.
¿Para qué seguir vigilando?

Te fuiste cuando yo tenía dieciseis años,
te fuiste a la lejana Ku-to-yen, junto al río de los remolinos,
y has estado fuera cinco meses.
Los monos hacen un ruido muy triste por ahí arriba.
Cuando te fuiste arrastrabas los pies.
En el portal ahora ha crecido el musgo, musgos
distintos,
¡demasiado profundos para limpiarlos!
Los hojas caen pronto este otoño, por culpa del viento.
Las mariposas emparejadas ya amarillean en el agosto
sobre la hierba del jardín del oeste;
me duelen. Me hago vieja.
Si has de venir por los vados del río Kiang,
por favor, házmelo saber de antemano
y yo saldré a recibirte,
iré hasta Cho-fu-sa.
Por Rihaku


Versión de Javier Calvo

domingo, septiembre 26, 2010

las relaciones se establecen, se corrompen, se destruyen, se tuercen, se mortifican, se fortalecen, se alimentan, se multiplican, agonizan y mientras...la hoja del fresno cae sobre nuestros hombros.

miércoles, septiembre 22, 2010

Ante la incertidumbre, no queda más que cargar la Colt1911 guardada en el buró; para tan sólo tener por cierto que si, por la noche, alguien aparece y en los ojos la despedida, no me quedará más remedio que dispararle tres veces directo al corazón y observar cómo con toda seguridad ningún otro adiós será posible.
Como respuesta al azar se encuentran los argumentos lógicos, porque ante la idea de que la ruleta de las fatalidades obligue a ciertos individuos a encontrarse con un objetivo ulterior puede resultar aterrador a nuestra razón... porque el tan sólo concepto de destino nos obliga a vernos mínimos e insignificantes.

sábado, septiembre 11, 2010

Soluciones posibles

Estoy descocida frente al espejo en el que veo perder las entrañas de aserrín una a una. Es mejor colgarse del balcón, amarrar la soga al cuello y terminar de una vez por todas con este asunto llamado « vida ». O en un ejemplo de cobardía, tomar el tren hasta quién sabe dónde, dejando las maletas sin hacer, sin nada más que cien pesos en la bolsa.

Me inventaré un sueño, un sueño en el que yo sea una otra sin nombre, una olvidada de mí misma. En la que las hebras perdidas, la soga y el tren sean los únicos recuerdos tibios.

Seré otra hasta que la tela rasgada se reconstruya y ninguna otra palabra pueda romperla.

lunes, marzo 01, 2010

Durante la FIL de Minería


Cuando el "autolvido" nos alcanza


“Hablar de mi poesía / sería un autolvido apropiador, como decía Kirkegaard”

Gelman, “Notas al pie”, Líneas de fuga, un libro posible


Como siempre, en la ruleta de las fatalidades las personas que “voluntariamente” decidimos, sea desde temprano o un poco más avanzados los años cuando la demencia ya comienza a alcanzarnos, dedicarnos a algo relacionado con los libros, estamos destinados al “autolvido”. Será porque la ya mencionada demencia que nos llevó a escoger este oficio, termina convirtiéndose en un Alzheimer desdeñoso con el firme designio de olvidar nuestras propias vidas a favor del rescate de la memoria del otro, o mejor dicho, de los otros.

Pasamos meses planeando, corrigiendo, revisando, afinando, modificando y nos adentramos en un dédalo del cual no encontramos la salida, pero no tal vez porque desconozcamos el camino hacia ella, sino porque a veces pensamos que aún queda algún rincón inexplorado de ese laberinto llamado libro que valga la pena conocer y que pueda esconder misterios no develados y preferimos retardar el escape. Porque sabemos que los Minotauros y monstruos no están realmente dentro del universo literario, sino allá afuera en la vida cotidiana que nos espera al terminar, y que suspendimos por un momento. En esa vida que se resume en conducir el auto, ir al supermercado y cepillarse el cabello. En esa vida a veces es tan monstruosamente insípida si se compara con los relatos que encierra cada uno de los libros.

De ahí que no demos lucha alguna al Alzheimer, que lo dejemos apoderarse de nuestra memoria sin agotarla, en una insignificante batalla que irremediable y juiciosamente termina por perder, hasta el límite de obligarnos a olvidar nuestros nombres. Porque quién quiere llamarse “Juan López”, cuando puede ser, aunque sea por unas horas: Aben Tumart; Chaktur, el hojalatero; el estudiante del Lycée du Havre, Mehrdâd; Pedro I, el zar de Rusia; y vivir las aventuras de un delincuente del Maghreb con espíritus robinhoodianos mientras escucha al fondo el canto de los dakoïgue y recuerda que “los peces mueren con los ojos abiertos”.

Así, estas tres publicaciones que ahora presentamos: Líneas de fuga, un libro posible, Ciudad de México, ciudad solidaria, capital de asilos y el número 27 de la revista Líneas de fuga, reúnen porciones de muchos otros: de diversos mundos, diversos autores y diversas comunidades, para así preservar sus historias y admitir que el autolvidarse significa ante todo recordarse, alejarse del mundo concreto, mundano y abstraerse en esas historias de apariencia y de universos ajenos, pero que en realidad no son otras más que páginas de las nuestras. Ya que cada libro, funciona como una especie de álbum familiar. Un álbum en el que reaparecerán nuestros ancestros (imaginarios o reales), aquellos que nos ayudaron a conformar nuestra historia no solamente como individuos, sino también como colectividad.

Y finalmente cuando recibimos las cajas repletas de ejemplares de una nueva publicación que ayudamos a nacer y más aún cuando como lectores, abrimos la primera página de estos libros, sabemos que cada uno de los textos no habla sino de nuestros propios fantasmas que tal vez ya conocíamos, pero que no nos atrevíamos a mirar. Estaremos conscientes de que a pesar de haber pasado semanas de desvelos y de fechas límite que siempre parecen llegar antes, nuestra labor consiste en ser memoria, sí de los otros y de nosotros, memoria universal. En resumidas cuentas, nuestra labor como oficiantes del libro; y más importante aún, la de todos como lectores, consiste en preservar la Historia (con H mayúscula), que como bien se sabe, está conformada por relatos, y por lo tanto, de cierta forma de literatura. Porque como siempre, en la ruleta de las fatalidades las personas que “voluntariamente” que por decisión propia, olvidamos apagar la estufa, pagar el teléfono, cortarnos el cabello, sin darle lucha al Alzheimer, creemos (o al menos, a mí me gusta creer eso) que nuestro destino es perpetuar una porción o algunos restos del “ser humano”.

domingo, octubre 04, 2009

Fragmento de "Hoy sí es hora de la cena"



Son más de las ocho y el olor del caldo de res anuncia que faltan todavía dos horas para la cena. La mesa, espera desde las cinco, vestida con el mantel de agujeros bordados, con la gargantilla de platería opaca al cuello, [...]. Pero el carnicero no llega temprano desde el día en que un camión de redilas atropelló a su mujer saliendo del rastro. En las hornillas la cacerola desgastada inicia un bailoteo, muy suave, muy tímido. Midas hace su recorrido vespertino por toda la planta baja, camina por la sala con la cabeza escondida entre los hombros, gruñe cada vez que llega a la cocina, levanta mansa la mirada al pasar cerca del ventanal y se detiene firme, impasible, despierto, con el ánima desasida frente a la puerta con llave del cuarto.

Hace mucho la cerradura permanece inviolada en ese dormitorio, ya no recuerdan al foco que guarda mosquitos en el estómago, a las paredes exhalando olor a miados ni a las cajas enmohecidas en una siesta eterna. Hace tanto tiempo que se ve pararse a Midas frente al aura oscura de la puerta que ya nadie le repite que ese trance es en parte culpable de sus insomnios posteriores. Prefieren dejarlo de pie, callado y ausente. Rezan nada más para que esa noche,[...], no sueñe demasiado y los deje dormir.

Midas permanece en silencio. La cacerola se contonea y silva anunciando las nueve. En el comedor, las sillas se acomodan en un ángulo de tres cuartos para dejar ver su mejor perfil; lucen orgullosas a pesar del polvo y lo raído de su tapicería rojiza. La platería permanece callada, no ha olvidado las palabras; aunque sabe bien cuando es mejor no usarlas. El candil parece cansado y suspira cada vez que la mosca que entró por la escalera se le acerca. El retrato de doña Soledad, desde el marco dorado que perdió toda representación monárquica y que ahora se contenta con subrayar el pasado, sonríe a sorbos salivales. Nadie se sienta.

La cacerola gime, llora, rompe el silencio, arremete contra el tapiz grisáceo por el exceso de tiempo y lanza un alarido desesperado. [...]. Midas engulle unos cuantos trozos de res que cayeron al suelo, voltea a su alrededor buscando empatía, esperando que alguien imite su acto de desesperada hambruna, esperando que alguien lo mire con sensación de rabia y le arranque de los dientes la comida. A lo lejos vuelve la afonía, tuerce la intuición. No hay más que ausencia.

Midas mastica mientras el olor a caldo se detiene brusca, violentamente, frente a la puerta del cuarto; la estela parece luchar por su vida contra la pestilencia a orines que le lanza balas debajo de la puerta. La fuerza de la podredumbre vence y se cuela entre los ojos de Midas hasta el cerebro, como un zarpazo; luego de golpe, violenta, irrefrenable percibe la mirada colérica y rendido escupe el trozo que estaba por tragarse. Ya son las diez. La puerta permanece bajo llave. Doña Soledad retiene la sonrisa amordazada. El candil despierta, contiene el suspiro por venir y la mosca cae muerta dentro la sopera. Los cubiertos hablan entre sí muy bajo. Las sillas se avergüenzan y esconden sus largas piernas bajo la mesa.

La cerradura cruje y se escucha un tibio pasar. Midas se detiene frente al quicio, olisquea y percibe un olor conocido, un olor a rancio, que sale por la ranura de la entrada del cuarto y entre el surco de la manija. Dentro, en la oscuridad, los mosquitos revolotean alrededor del cadáver luminoso, alrededor de las cajas se extiende un charco coagulado, los muros se estiran para permitir pasar los nidos de polillas. Se abre primero la reja, [...] aparece el carnicero vestido de luto. Va hacia la cacerola, se asoma y aspira, se sirve un plato lleno, [...], acaricia la cabeza de Midas y le pregunta si esta vez su mujer sí quiso salir de su dormitorio a tomar el sol, levanta el vaso hacia doña Soledad en señal de “buen provecho”. Midas esconde la cabeza bajo las dos patas delanteras. El carnicero da un bocado y susurra: “Alégrate Midas. El día miente: hoy sí es hora de la cena”.

Para leer el cuento completo: buscar el número 1 de la revista Errr.

jueves, abril 16, 2009

NUNCA es tarde: San Salvador Atenco


Ignacio del Valle: el tamaño del miedo
2009-02-17
Luis Hernández Navarro, La Jornada

Lleva dos años y nueve meses en la cárcel. Habita una celda de tres metros por dos, en el módulo 3 del penal de alta seguridad del Altiplano. Purga una condena de 112 años y seis meses de prisión. Se llama Ignacio del Valle.

En su morada no hay noche ni día. La luz está encendida siempre. A veces disfruta de 35 minutos de sol diarios. Le revisan la correspondencia y los mensajes que le llegan. Lo someten a revisiones humillantes. Por su crujía se pasean 10 o 15 vigilantes encapuchados con perros. Le quitan sus escritos y los rompen. No sabe lo que sucede afuera. Puede hablar por teléfono 10 minutos a tarifas altísimas. A menudo, los guardias reducen ese tiempo a sólo siete u ocho minutos. Cuando sus parientes lo visitan, los custodios se prodigan en los malos tratos. Su padre y su hermano murieron estando él en prisión.

Nunca ha robado ni matado a nadie. No consume drogas ni las vende. No extorsionó a ninguna persona. Es un hombre honesto. Es un luchador social que defiende las tierras de su pueblo. No es delincuente. Sin embargo, comparte prisión con los más peligrosos criminales del país: asesinos, narcotraficantes y secuestradores.

Está acusado de los delitos de secuestro, ataques a las vías generales de comunicación y secuestro equiparado. Fue detenido sin orden de aprehensión en una casa de la ciudad de Texcoco, estado de México, a varios kilómetros de distancia de su hogar, en San Salvador Atenco. Su verdadero delito fue protestar para defender a su pueblo; no rendirse.
Ignacio del Valle es campesino, serigrafista, carnicero y padre de familia. Durante años fue obrero en la zona industrial de Ecatepec. Laboró en empresas como Guanos y Fertilizantes. El trabajo era rudo y la paga escasa. En 1981 fue promotor de educación física en la zona de Ixtapaluca.

Hasta su detención, sembró una pequeña parcela de una hectárea de riego en su pueblo natal, San Salvador Atenco. De ella sacaba maíz, frijol, calabaza y hortalizas. A pedido, cocinaba barbacoa de borrego, res, puerco y pollo. Montó en su pueblo un taller de serigrafía, donde estampaba bermudas. Le iba bien cuando no había competencia, pero en cuanto comenzó a entrar el bordado el trabajo escaseó.

Ignacio nació el 31 de julio de 1953 en el seno de una familia como la que él formó después. Su padre era campesino y carnicero. Tuvo seis hermanas y un hermano. Con muchos sacrificios, sus padres lograron dar educación a todos: una es normalista, otra doctora; una, modista; la otra, secretaria. Él estudió sociología en la UNAM, pero no pudo terminar la carrera.

Convencido de la importancia de la educación, de joven, en su pueblo, junto a otros tres o cuatro amigos, se dedicó a alfabetizar a la gente de más edad que no sabía leer ni escribir. Se trataba de que salieran adelante. Abrieron primarias, secundarias y una preparatoria abierta. Querían llevar la cultura al pueblo. Formaron una biblioteca popular promoviendo el kilómetro de libros. Su gran sueño, establecer una universidad en su región, está pendiente.

Él y sus compañeros fundaron un grupo de apoyo comunitario. Ayudaban al pueblo y a su gente. Cuando algún vecino estaba muy grave y no tenía dinero lo metían al hospital. Para pagar la cuenta, juntaban 10 o 15 hombres y mujeres y donaban sangre. Ayudaban a gente que no conocían.

San Salvador Atenco era, a finales de la década de los 60, una comunidad rural ubicada a escasos 35 kilómetros de la ciudad de México que sufría los embates de la urbanización salvaje. Era un municipio desprovisto de servicios, cercado por la especulación urbana. Pero era, también, una localidad en la que sus habitantes, a decir de María Trinidad Ramírez, esposa de Ignacio, se sentían seguros. “Uno nació allí –asegura ella–. Puede caminar por donde sea sin causar problemas o que nos los causen. Somos libres. Es nuestro territorio. Sabemos lo que nos corresponde. Lo queremos y lo conocemos.”

En Atenco había unidad y respeto. Sobrevivían muchas costumbres de sus antepasados. Estaba vivo el amor a la tierra, la que les da vida, y a la que se ve como un legado que hay que cuidar y traspasar a hijos y nietos. Aunque formalmente la presidencia municipal estaba en manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la comisaría de bienes ejidales y la junta de agua potable eran controladas por los ejidatarios y el pueblo.

Como ha explicado Damián G. Camacho Guzmán, antes de que, en 2001, los pobladores de ese municipio se movilizaran para defender sus tierras del decreto expropiatorio para construir el aeropuerto y formaran el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, habían vivido un largo proceso previo de luchas comunitarias, municipales y regionales. En ellas fundaron organizaciones como la Unión Social Cultural de Atenco, Habitantes Unidos de San Salvador Atenco, Frente Popular Región Texcoco y el Frente Popular del Valle de México.

La movilización social permitió arrancar a los distintos gobiernos la solución a sus demandas más sentidas: pavimentación, canchas deportivas, hospitales, biblioteca, auditorio, agua potable. Simultáneamente, se convirtió en la vía para enfrentar, con éxito desigual, aumentos en los impuestos prediales, expropiación de terrenos, construcción de carreteras sobre tierras ejidales y el trasvase de sus acuíferos a la ciudad de México.

Ignacio del Valle estuvo al frente de estas luchas. Ejerció un liderazgo genuino y desinteresado. Lejos de corromperse, se mantuvo fiel a su comunidad. Defendió las tierras de su municipio cuando unos cuantos poderosos quisieron hacer grandes negocios con ellas.

Ignacio es un artista nato. En el penal dibuja sobre papel con bolígrafo y, cuando puede, colorea sus obras. Escribe también largas cartas. En una de ellas, enviada a sus compañeros el 22 de octubre de 2008, escribió: ¡Del tamaño de nuestra sentencia, de este mismo es el miedo que nos tienen! No le falta razón: la monstruosidad de su condena es una advertencia a todos aquellos que se atreven a decir al poder: ¡no!.
Fuente: periódico La Jornada.

martes, abril 07, 2009

Más y más fragmentos:


Rumbo a Filadelfia


Para mi Armando.

“…Make me an angel that flies from Montgomery
Make me a poster of an old rodeo
Just give me one thing to hold on to
To relieve in this living is just a hard way to go.”
John Prine, “Angel from Montgomery”.



Dos pasos y la madera cruje, piensas en la carta abandonada hace quince días en tu buzón mientras una botella de aguardiente descansa sobre tu pierna y cuatro moscas caminan sin prisa sobre la mesa apolillada de la cocina. En el porche, el sediento perro se incorpora nervioso, gruñendo al camino [...]; la veleta presagia la llegada de la gran ventisca. Ya se oye el aire crecido desprendiéndose desde los fondos de la tierra, azotándose en un acto de expiación contra las tejas. Te asomas por el vidrio y el polvo crece, la sequía permanece, el calor somete; el camino a lo lejos sin moverse, ni un centímetro.

Ayer rezaste por séptima vez con los dedos bien cruzados a santos desconocidos, esperando que la inalterable fe legitimara su promesa. Esas cosas no sirven, [...] tan sólo funcionan para aquellos a quienes Dios reconoce como hijos; pero a ti, [...]

La primera advertencia del viento. [...] Con la muleta tras de ti corres a vigilar que la cerradura esté bien firme, pero no olvidas mirar una vez más por la ventana, huyes al sótano a refugiarte, piensas en el perro, lo llamas, le gritas. Acercas a tu pecho la biblia, entre sus páginas permanece la carta, te cuelgas el rosario, repites: “Santo, Santo, Santo, el Señor Dios Todopoderoso, el que era y el que es y el que viene”. Cierras los ojos.

La suerte está echada y no queda más que esperar. [...], descansa en el tibio sofá, acuéstate abrazado a la paciencia y a los muros astillados. Aléjate, aléjate para siempre del camino.

Después del golpeteo de maderas, del crepitar de vigas, del cimbreo de cristales, sales de debajo, te sacudes el polvo. Arriba el aire hirviente que se removió de los trasfondos terrestres ahora ocupa el lugar de tu resguardo. [...] Te envuelves el puño con el rosario para salir al patio delantero. El sonido desaparece, el camino permanece inmóvil. Frente a ti como una falsa ofrenda, una vaca muerta, con la lengua de fuera y las patas abiertas, sobre ella una plaga de insectos.

Prendes el radio, pero tan sólo las moscas responden al silencio. Unos minutos después, llega la voz robusta de Mr. Roosevelt y apaga el zumbido, suspiras al mismo tiempo que a cada palabra tu voluntad es restaurada, “los hombres no son prisioneros de su fe, sólo son prisioneros de su propia mente”. Abres de nuevo la puerta y asomas la cabeza, el polvo exhumado cubre el paisaje y la línea de la carretera a penas se logra distinguir, el olor se ha vuelto tibio, [..]. Das un paso, [...] y tratas de contar con la mirada los metros de la entrada a la orilla de la carretera. Veinticuatro. Parecen pocos, pocos comparados con el verdadero viaje. [...]. Retomas la biblia, recorres impaciente las páginas, abres en el Nuevo Testamento y te arrodillas frente a la ventisca. Levantas la voz, un golpe de polvo te responde.

[...]

Te arrastras hacia la puerta, [...] Te derrumbas ya dentro, sin ganas. Recuerdas la fotografía clavada en los intestinos, la promesa administrativamente membretada, el hambre para el archivo, el anuncio zumbando en tu memoria, tu pierna subrayada en las líneas incorrectas, las moscas clavadas a los muros, [...] Abres, las páginas y en medio la carta. Ya sentado frente a los vidrios [...], recorres los surcos de la madera avejentada más que nada por el recuerdo, para trazar con tus dedos la ruta, aquella que te prometieron te salvará de la miseria, aquella firmada por la FSA y señalada por los profetas. [...], sales a la carretera ardiente, rumbo a Filadelfia.

Pobre inválido cobarde, sin pierna y sin edén. Te ha abandonado, como abandonó a su hijo. Pero a ti, te entregó a una cruz sin resurrección posible, olvidó tu nombre y te dejó sus cenizas.

Empieza el dolor en el muñón, pero se te olvida al intentar negociar con tu cuerpo que relegue el ardor de la llaga en la axila y que soporte un poco más el sol sobre los labios resecos. No van más de tres pasos y ya te asomas esperanzado y fijas el rostro en el letrero que anuncia a lo lejos “Buen viaje. Alabama”. [...] A pesar de la voluntad te reventó el tormento. Cierras con llave, [...] te recuestas sin fracaso, con completa desobediencia.

Como cadáveres desnudos, dejaste el aguardiente y la carta. El paisaje se detuvo en un gran fuego artificial: el espejismo intacto, el camino sin huellas, la casa sin el ruido de tus muletas, el incendio, el perro hambriento, la pierna amputada, el final en un canto. Te has muerto sentado en un sofá, [...]


Todo el texto, próximamente en Revista Pleroma.